Esta crónica la he decidido escribir, basándome en todo lo que he vivido y gracias a la televisión, desde el aterrizaje del avión de Alitalia hasta cuando finalice la escritura de este texto, que en principio es interesante. Se trata de la llegada después de 31 años de un papa, de un líder espiritual que ha venido a darle un mensaje a este país. Una Colombia sumida en el dolor, el odio y el rencor que merece mirar hacia el futuro.

La expectativa entre la gente, en especial los católicos de Colombia, estaba tan alta. Como si se tratara de un concierto de rock, la final del mundial de fútbol o de una masiva protesta popular, la venida de Francisco significa, como decía el Gobierno, el primer paso para la reconciliación como país después de la prácticamente finalización de un conflicto armado que nos hizo sufrir y llorar por más de medio siglo.

6 de septiembre. Como si se tratara del Día D para las tropas aliadas al iniciar el desembarco de Normandía, para la comunidad católica del país se trata del Día F: la llegada de Su Santidad, del Santo Padre, de sucesor número 266 de San Pedro… sí, del arribo de Francisco a este país que ha sufrido, ha llorado de manera absurda una guerra ilógica entre dos o tres locos con ansias y sed de poder.

Unas horas antes de la llegada de Su Santidad, estaba en la Plaza Principal de Suba, y al lado de la iglesia se encontraba una señora vendiendo camisetas y gorras referentes a la llegada del sumo pontífice a la ciudad. “Vecina, ¿a cómo tiene la camiseta?” le pregunté. “A $12.000 y a $8.500 la gorra” me respondió Adelaida, cuyo nombre le consulté después de haberme suministrado la información.

Mientras que bajaba hasta Centro Suba, veía más gente vendiendo artículos relacionados con la visita. Había una bandera de Colombia en el que estaba la cara de Francisco y la frase “Bienvenido papa Francisco” y las fechas en que iba a estar el Santo Padre en el país. “La bandera está a 10”, me dijo Javier, el vendedor. Me quedé observando durante cinco minutos la bandera, y estaba interesante.

Finalmente, me fui a mi casa. Llegué a las dos de la tarde. “En menos de dos horas aterriza el avión del papa acá” pensé. Antes de encender el televisor, me puse a escuchar la radio. Daban un programa deportivo y hablaban del empate entre Colombia y Brasil que se jugó el día anterior. Finalmente, encendí el televisor y me puse a ver la transmisión en vivo.

Ver a toda gente reunida alrededor de la Calle 26, esa que Samuel Moreno y sus secuaces destruyeron y que no volvieron a arreglar, daba el paso y se vestía de gala para que el papamóvil y varias motos de la Policía Nacional pasaran en medio de la algarabía de la gente, así como si estuviéramos en medio de un concierto o un estadio de fútbol. Solo se escuchaban gritos y cantos alabando a Francisco, como si fuera el mismo Dios.

 

Llega el señor Bergoglio a la Nunciatura Apostólica. Lo esperan más personas. Se presenta un grupo de niños que fueron sacados de la calle, de esa calle que con los menos favorecidos es traicionera, es hostil. Pero a ellos se les apareció una especie de ángel guardián y los salvó. Estos niños cantaron una canción y le dieron algunos regalos a Francisco, incluso una ruana, símbolo sagrado de los que habitamos el Altiplano.

Llega la noche. Hora de descansar. Amanece, y con el amanecer empieza el segundo día de la visita de Francisco en este país que ha sido golpeado y herido por la guerra, una guerra inútil que provocó desplazamientos, desapariciones, masacres… lo más bajo y ruin del ser humano. Pero a eso venía Francisco, a darle una voz de aliento a este pueblo maltrecho y dividido, por culpa de dos o tres que no quieren vivir en paz y armonía.

Se presenta en la Casa de Nariño con Juan Manuel Santos. “Mijo, ¿el papa qué hace reunido con el Juan Manuel?” me pregunta José, mi abuelo. Yo le respondo: “Abuelo, el papa es el que manda en el Vaticano, y como tal esta reunión puede ser considerada de estado”. Mi abuelo entendió y siguió viendo la televisión y ponía atento cuidado a lo que primero dijo Santos y a lo que diría el papa después.

Después de haberse reunido con Santos, se dirige a la Catedral Primada. Mi abuela me dice: “Uy mijo, mire cuanta gente hay ahí”, y yo le respondo a mi abuela: “Sí abuela, hay gente que incluso está desde las cinco de la mañana”; y mi abuela finalmente me replica: “Pobrecitos, debieron haber aguantado tanto frío”. Qué sacrificio el de esas personas al esperar a Francisco, cómo debieron haber aguantado frío.

Francisco, ese papa sencillo, el que se salta el protocolo para saludar a los policías y militares que pelearon una guerra injusta porque no les surgieron las oportunidades, o porque simplemente quisieron enlistarse en las Fuerzas Militares, ese papa con el acento argentino todavía bien pronunciado, se subía a un balcón de la Catedral. Así como lo hacía Gaitán en sus tiempos, Francisco se dirigía a su pueblo.

Reconciliación. Hacer las cosas juntos. Estar unidos. Es lo que nos dice el argentino, hincha de San Lorenzo y amante del fútbol. Esto que comentaré, no lo dijo Francisco; sonará como si fuera budista o si fuera descendiente de Gandhi, pero lo diré: si uno quiere reconciliarse con alguien, debe hacerlo consigo mismo. Meditar, pensar, no seguir haciendo el mal ni los actos malos.

Es lo que está pasando en Colombia. Gente que quiere dividir en vez de unir, gente que quiere entorpecer el andar del país solo por sus intereses… más que todo, ellos deben pensar eso. Deben pensar en todo lo malo y dejarlo atrás. Quise poner como título de mi crónica “no se dejen robar la alegría” porque las personas nacimos para ser felices, para reír. Simplemente, para convivir como lo dijo el de arriba: “amaos los unos a los otros”.