Cuando todos terminamos de comer, se empiezan a entregar los mercados, llamando uno a uno por orden de lista, sus rostros al recibir el mercado son todo un poema, los abrazos y agradecimientos no paran, dicen ‘gracias’ una y otra vez, algunos ni siquiera pueden agarrar el mercado bien debido a su avanzada edad, como Don Luis, quien ya debe andar con bastón.

Me conmueven cada uno de ellos, como la señora Ludgarda, que al escuchar su nombre, con un gesto combinado de pena y emoción, se cubre la cara con sus dos manos como una niña pequeña, como don Ruben, quien siempre viste el mismo traje de paño, para no perder su elegancia, o Don Enrique, quien es uno de los adultos en mayor condición de vulnerabilidad, porque no tiene una pensión, ni manutención económica, ni seguridad social, ni acceso al servicio de salud, ni mucho menos familia, pues su esposa quien era su única compañía, murió hace 5 meses; el sufrimiento lo carcome y se nota en su apariencia, a pesar de que tiene 67 años parece tener el doble de esa edad.

Las lágrimas no demoran en aparecer, una de ellas, la señora Idalí entre llanto agradece, me emociona, incluyéndome, pues no dejo de pensar en la situación en la que viven estas personas. Cuando ya todo termina, no faltan aún los agradecimientos y los abrazos, cada uno se dirige a su casa, con la alegría e haber recibido un mercado que puede darles unos 15 días más de vida, de sustento, de esperanza.

Dos de estos adultos mayores, que son pareja, nos llevan para mostrarnos su casa hecha con una combinación de latas y ladrillos. Ellos, como la mayoría de estos adultos mayores, invierten su mayor esfuerzo para asistir al comedor, por lo que tienen que caminar varias cuadras para llegar o tienen que subir un largo tramo de escaleras que, a su edad, no es una tarea sencilla.  

La situación de cada uno de estos abuelos es difícil y en algunos casos, precaria, lo peor es que no son los únicos. Según un estudio de Fedesarrollo, más del 40% de esta población son depresivos y muchos de ellos creen que a esa edad ya no son útiles para la sociedad, e inclusive para su familia; pareciera que cuando se llega a la tercera edad, estamos predestinados al abandono y que tener 60 años es sinónimo de ser una persona vieja, que no puede aportar mucho a la sociedad.

 

Es por eso que considero oportuno que los programas para el adulto mayor que actualmente patrocina la alcaldía, como los servicios alimenticios y económicos, tengan mayor cobertura. Hacen falta más comedores en los sectores vulnerables, o que el auxilio económico que algunos reciben, no sean solo apenas 60 mil pesos, porque eso no alcanza ni para 15 días y más con los precios de la canasta familiar.

También es importante que se sigan promoviendo programas sociales y psicológicos que fortalezcan su autoconcepto, además de programas en salud mental en los diferentes centros del adulto mayor. Pues esto contribuirá a que construyan un rol dentro de la sociedad, mejorando su convivencia familiar y social, promoviendo el desarrollo de la confianza y la capacidad individual en sí mismo para la toma de decisiones.

De aquellos subsidios que se les entregan a las personas que están en una edad productiva, deberían tomarse esos recursos para al adulto mayor, que ya no puede trabajar porque sus capacidades no los dejan, porque ganas sí tienen. No hay ejemplo más claro de aquellos que por necesidad se vuelven vendedores ambulantes, sin estabilidad o al menos seguridad social, además de que están expuestos a que su mercancía se decomise o que les impongan una multa, según lo descrito en el nuevo código de policía, porque aunque el Estado diga que en su condición eso no pasaría, no hay garante de que sea así, pues no hay una política real de reubicación u oportunidades para adquirir un trabajo formal.

Esta solución tiene que ser permanente, nada de pañitos de agua tibia, la situación tiene que cambiar de raíz. Que se convierta como una política del Estado el hecho de tener una vida digna cuando se entra a la tercera edad y más aún cuando el conflicto armado también está afectando de gran manera a esta población, pues muchos de ellos fueron obligados a dejar su ‘patrimonio’ y esfuerzo de muchos años en sus municipios natales, obligándolos así, a arrancar de cero.

Si se mira por encima, puede que los abuelos no sean el futuro de este país, pero han aportado mucho para que Colombia haya llegado hasta aquí, incluso su sabiduría puede llevar a que la generación actual sea más consciente de sus actos y no repita errores, a ver si así Colombia deja de ser un país sin memoria, y da un giro de 180 grados.