El Valle de los Alcázares, así bautizó Gonzalo Jiménez de Quesada a la extensa zona que comprende la parte sur del altiplano cundiboyacense, por su parecido a las pequeñas fortalezas españolas que decoraban los cercados con sus cortas calles de casi cinco varas de ancho y que en las mañanas húmedas se viste de una suave neblina que rocía sus coloridas flores, y ataca con su frío al criollo ganado de los indios, será para este entonces la base de una pequeña ciudad que amenaza con volverse en la capital de la Gran Colombia.

Cinco de la mañana. Viernes. Brisa fuerte y helada. Por las callejas de acceso a Santa Fe, van llegando los campesinos al mercado tradicional de la Plaza Mayor. Como todos los viernes atraviesan la calle Real con sus mulas y “rangas” los que vienen de la Calera y Usaquén. Descargan jaulas, tercios de leña, carbón de palo, frutas, canastillos de moras y esmeraldas desde Ontibón y Tres esquinas. Llevan los jamelgos a pastar a los potreros vecinos, o los amarran en las columnas y vigas de viejas casonas donde toman caldo de gallina, chicha y guarapo hasta el amanecer.

Se levantan los primeros toldos de lona, y en las varas que los sostienen hay carne y longaniza. También se ve subir el humillo de los fogones, formados con piedras y atizados con chamiza;  a medida que avanza la mañana cruzan tufaradas de fritanga bogotana: chicharrón, pasteles mantecosos, rellenas, papas criollas y maíz totiao.

“Hoy viernes salgamos y miremos que traen los campesinos” dice tanto una dama de la alta clase social, como las pertenecientes a las demás; las primeras acompañadas de una criada o de un indio que lleva a la espalda un gran canasto donde se van poniendo las provisiones que se compra  para toda la semana.

Desde las gradas de la catedral, al tañer de las campanas que anuncian la misa matutina, el público se desentiende del mercado y enfila hacia la iglesia formando una animada pintura; al tañido único de la campana, que indica la elevación de la Hostia, se descubren todas las cabezas y los negocios quedan suspendidos. En medio de esa mezcla de gente de diferentes razas, credos y estatus nunca hubo una pelea o malas palabras como se ve en Europa.

Solo este viernes caído en el mes con nombre de líder romano, se presenciara en una casona con toques de pequeño punto comercial al nororiente de la plaza, una pendencia que acumulara la atención de todos los presentes.

Con estilo mudéjar heredado por los árabes, la casona de dos nivel viste una fachada blanca, con paredes de adobe vigoroso, con unas puertas y unos ventanales con balaustres verdes, destaca en lo alto su techo blindado de piezas de barro cocido que se sobreponen para canalizar los chubascos santafereños y proteger el pequeño balcón que es alquilado para presenciar eventos que se realizaban en aquella modesta plaza.

 

Ahora un poco de memoria.

Todo estaba ya planeado, Justo José Joaquín Camacho y Rodríguez de Lago, un señor alto, con una tez que combinaba la raza pura con la experiencia nativa, ojos oscuros que rasgaban la tenacidad de sus pensamientos, cabello castaño algo revoltoso, era un estadista, abogado, periodista y profesor criollo, quería respuestas positivas de la instauración de una junta de gobierno en Santa Fe con el objetivo de festejar la visita del oidor Antonio Villavicencio. El virrey que era un hombre alto de contextura gruesa, su cara redonda con algo de papada por la sobrevaloración de sus movimientos, vestía su traje común utilizado por los funcionarios españoles en el cabildo, tenía zapatos bien lustrados con hebilla metálica engarzada de pedrería, todo un caballero que se negó con base a su propia arrogancia a la solicitud y terminó ayudando a completar lo ya planeado para esa madrugada.

Luis de Rubio, otro español nacido en tierra tropical, es cómplice del plan y será quien ejecutará la obra en la plaza. Va muy respetuoso hacia el domicilio esquinero a la pequeña miscelánea que tiene como dueño a José González, un español que se dedicaba a vender artilugios importados y del que se sabía no sería capaz de prestar a criollos para agasajar a otros criollos. Flores no quería.

Rubio ingresa al negocio, sabe cuál será la respuesta y se prepara para ello. Habla con González y pide muy amablemente fiado un búcaro para un festejo. El ibérico comerciante se niega rotundamente a beneficiar al criollo. Rubio no estaba solo, con él estaban los hermanos Antonio y Francisco Morales, José Acevedo y Gómez, entre otros, que se sienten envalentonados y completamente frustrados por la negativa del reinado español de cumplir con cargos políticos por su estatus de criollos. Utilizan la ocasión para caldear los ánimos del pueblo en contra de los hispanos, la reyerta aumento de tono y paralizó a muchos comerciantes que dirigen su mirada a la esquina del lugar. Muchos también indignados vociferaban su acuerdo con los coloniales en contra del mercader español. Ahora parecía una plaza europea llena de malas palabras. Flores no habían.

Después de que terminara la reyerta y el ibérico fuera expulsado de la ciudad, la calma llegaría de nuevo. Pero esto tan solo sería el inicio de una lucha que duró más de 9 años, aquella mañana caída en el veinteavo día del séptimo mes fue el inicio de una ardua travesía de lo que para ese momento parecía una utopía, un idealismo, un sueño. Flores se idearían.

De esta manera en la construcción que parece una simple casona colonial esquinera, se puso la primera semilla de lo que hoy 208 años más tarde reconocemos como la euforia que libertó una nación criolla. ¿Qué tanto podrían decirnos sus paredes de todo aquello que ocurrió en esa esquina después de esa discusión? ¿Cuantos fueron los que pisaron con sus carretas sus embaldosados y bruscos pisos? El testimonio que deja para la historia de nuestro país es parte de la huella que marca la libertad de cada colombiano. Es por eso que debemos reivindicar el respeto que tiene el vetusto domicilio en el centro colonial a través del tiempo, ya que bajo sus cimientos se empezó a idear y edificar la idea de millones de criollos, indios, mestizos…  que buscaban un fin común, buscaban un país autónomo, buscaban construir una nación; nunca se pelearon las flores, nunca se entregaron las flores, pero al final, con flores se celebró la libertad.