Cuando asistimos a un funeral, desde la puerta de la funeraria vemos derrumbados los sueños, las ilusiones, las esperanzas, de todos los que nos hemos quedado con la ausencia y el dolor de la perdida de un ser amado; lo último que nos queda es la desgarradora imagen de un cuerpo frío y sin vida, cuerpo que algún día en tiempo pasado nos brindo calor, amor y alegría,  cuerpo de una persona especial que generalmente se lleva como una parte de nuestro  ser y como un pedazo de nuestro corazón, pero en esos instantes la desolación y la ausencia duelen en el alma, crean un vacío enorme que no podemos detener, nos sumimos en la impotencia y en los recuerdos, en ocasiones hasta perdemos las ganas de vivir, solamente quienes hemos sufrido la perdida de nuestros padres  podemos entender el significado de la palabra huérfano, sabemos lo que duele esa ausencia por que ya nunca más, se podrá acudir al dulce abrazo de la vieja, ni al sabio concejo del viejo. mueren con ellos las recetas, los regaños, las miradas, los prestamos y todas esas cosas que nos hacían sentir seguros, ya no estarán aquí para protegernos, ya no estarán aquí para cuidarnos. 
 

 Es algo semejante a lo que sucede cuando mueren los esposos o las esposas y a eso se le llama quedar viudo, todos en el mundo o casi todos, soñamos con encontrar el alma gemela, en mi caso, Dios me la envió, perfecta, hermosa, inteligente,  abnegada, la mejor, ni siquiera quiero imaginar mi vida sin ella, mi razón de ser, mi existir, mi fuerza, mi consejera, mi socia, mi todo; La verdad es que no imagino cuanto duele perderla y por eso  quiero solidarizarme con todos aquellos que ya lo vivieron, pero entendiendo que debemos continuar para poder acudir al encuentro, tenemos que sobreponernos y llevar una vida ejemplar que nos permita hacerlo, máximo, si fruto de ese amor quedo su gran producto, carne de nuestra carne, sangre de nuestra sangre, por ellos cada día volvemos a empezar, y aunque de vez en cuando morimos, solo basta una sonrisa o un beso para volver a vivir, la bendición más grande que Dios nos dio, los hijos, nuestra  gran  ilusión, nuestro orgullo, venidos como ángeles para iluminar nuestras vidas, son el motor principal de los hogares irreemplazables, algunas personas ya han tenido la inmensa tristeza y el inmenso dolor de vivirlo, ni siquiera alcanzo a imaginar o a sospechar cuanto duele, pero se que que duele tanto que no tiene nombre perder a un hijo, todo mi consuelo y apoyo a todos los padres y especialmente a todas las madres  que ya lo vivieron.

 

Quiero hacer referencia a una situación en particular que  asalta mi duda, me referí a tres casos de muertes cercanas que creo son las muertes  más dolorosas, y me referí a ellas en condiciones normales, cuando los dolientes pueden asistir a su funeral, darle el ultimo adiós y la ultima plegaria, cuando pueden ayudar a cargar su féretro, cuando asisten a sus exequias.

Pero que pasa con nuestros hermanos colombianos en el exterior, con todos los que por diferentes razones ya sea de papeles, tiempo, dinero, en fin, de tantas razones que se presentan al momento de recibir una trágica noticia, no pueden volver para estar presentes en ese momento, la gran mayoría, con un importante número de años de ausencia, incluso décadas, de recuerdos, de historias perdidas, de procesos, de etapas y sobre todo de sufrimiento, de sufrimiento por cumplir con unos sueños, que tan solo terminan enterrando otros sueños.

 

Lamento la dura situación de todos aquellos que deben vivir doble ausencia de sus seres queridos, una en vida y  otra en muerte, ojalá algún día, los seres humanos logremos entender que separar a las personas, destruir sus sueños y causar dolor por la ausencia, es un delito contra el amor, ojalá logremos entender que es una acción tan criminal como la del que asesina, que triste, que en la mayoría de las ocasiones por culpa de una diminuta libreta de papel llamada pasaporte, en donde estampan un sello para conceder visa, que le niega a las personas la posibilidad de desplazarse libremente,  también los priven de la posibilidad de amar y ser amados, por que gracias a las absurdas leyes que rigen el estar y el ser,  no solo se restringe la libre movilización si no que también se restringe el ultimo adiós, quedando en los corazones marchitos de todos aquellos que vivirán eternamente el dolor de la ausencia  una última frase por decir, "YA NUNCA  VOLVERÉ A VERTE