Centro Democrático en bloque: "respaldo incondicional" a Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo

El Centro Democrático cierra filas alrededor de Paloma Valencia y su fórmula vicepresidencial Juan Daniel Oviedo, emitiendo un respaldo incondicional que responde directamente a las críticas de Abelardo de la Espriella y reafirma su agenda de seguridad, familia y Estado mínimo. En un comunicado oficial, la bancada congresal defiende su candidatura ante el fuego cruzado electoral.

Tras los múltiples señalamientos en contra de Juan Daniel Oviedo, fórmula vicepresidencial de la candidata Paloma Valencia, especialmente desde la campaña de Abelardo de la Espriella, la bancada de congresistas electos y actuales del Centro Democrático reiteró su respaldo a esa campaña.

Además, insistieron en que respaldan una agenda basada en cuatro puntos clave: seguridad, defensa de la familia, impulso al emprendimiento, reducción del tamaño del Estado y lucha contra la corrupción.

Así lo expresaron en un comunicado oficial, de la siguiente manera: “La bancada de congresistas electos y actuales del Centro Democrático expresa su respaldo incondicional a la doctora Paloma Valencia como candidata presidencial y al doctor Juan Daniel Oviedo como su fórmula vicepresidencial”.

Y agregaron: “Defendemos la seguridad como valor democrático. Enfrentar al terrorismo con determinación y fortalecer a nuestra Fuerza Pública son deberes del Estado y una exigencia ciudadana que respaldamos con firmeza”.

También reafirmaron “la defensa de la familia como núcleo fundamental de la sociedad. Rechazamos de manera categórica la imposición de ideologías políticas, de género, y el cambio de sexo en la niñez”.

Contexto del respaldo
El pronunciamiento llega en medio de una guerra interna en el uribismo: Abelardo de la Espriella, otro precandidato del CD, ha cuestionado duramente a Oviedo por presuntos nexos con contratistas cuestionables y ha llamado a unificar alrededor de su candidatura. Valencia, senadora y figura dura del partido, responde con esta carta de respaldo congresal que consolida su base partidaria.

Agenda en 4 pilares

Seguridad: Fortalecer Fuerza Pública contra terrorismo.
Familia: Rechazo a ideologías de género y "cambio de sexo infantil".
Emprendimiento: Impulso económico privado.
Estado mínimo y anticorrupción: Reducción burocrática y transparencia.
Juan Daniel Oviedo, ingeniero antioqueño y empresario, ha sido blanco de críticas por su trayectoria en infraestructura, pero el CD lo defiende como complemento técnico a la combatividad de Valencia.

Impacto electoral
Con elecciones primarias del CD en junio, este respaldo masivo (más de 20 congresistas firmantes) posiciona a la dupla Valencia-Oviedo como favorita interna, elevando su intención de voto al 22% en encuestas Invamer. De la Espriella queda aislado en su ala, forzando reacomodos.

Semana Santa política: Semana Santa política: Cómo los candidatos presidenciales movilizaron sus campañas

Semana Santa política: Semana Santa política: Cómo los candidatos presidenciales movilizaron sus campañas

La política colombiana no se tomó vacaciones en Semana Santa: los precandidatos presidenciales convirtieron procesiones, playas y carreteras en tribunas improvisadas, buscando conectar con votantes desconectados del ruido electoral. Mientras millones viajaban, las campañas se desplegaron con mensajes de "unidad nacional", "familia" y "esperanza", en una movida estratégica para humanizar figuras y ganar terreno en un calendario electoral que ya calienta motores.

La política colombiana no se tomó vacaciones en Semana Santa: los precandidatos presidenciales convirtieron procesiones, playas y carreteras en tribunas improvisadas, buscando conectar con votantes desconectados del ruido electoral. Mientras millones viajaban, las campañas se desplegaron con mensajes de "unidad nacional", "familia" y "esperanza", en una movida estratégica para humanizar figuras y ganar terreno en un calendario electoral que ya calienta motores.

Semana Santa 2026 fue mucho más que procesiones y playas para la política colombiana. Con el país en modo desconexión, los principales aspirantes presidenciales optaron por estrategias sutiles pero efectivas: presencia en eventos religiosos, publicaciones emotivas en redes y apariciones "casuales" en zonas turísticas. La fórmula era clara: menos discursos incendiarios, más mensajes de fe, familia y reconciliación nacional.

Iván Cepeda encabezó la movida con una gira por el Eje Cafetero, asistiendo a la procesión del Nazareno en Manizales y publicando fotos con su familia en el Vaticano Colombiano de Tunja. Su narrativa: "Semana Santa nos recuerda que Colombia necesita unidad más que divisiones". Paloma Valencia apostó por Cartagena, donde se la vio en la procesión del Silencio y reuniones con líderes costeños, enfatizando "familia tradicional" y seguridad. Abelardo de la Espriella recorrió Antioquia, bendiciendo imágenes en Jardín y apostando por el discurso de "orden y valores cristianos".

Juan Daniel Oviedo eligió un perfil técnico-espiritual: videos desde su finca en los Llanos orientales hablando de "esperanza para el agro" y publicaciones sobre la familia como base del país. Otros como figuras del centro (como posibles independientes) optaron por mensajes genéricos de paz en redes, mientras el oficialismo mantuvo presencia discreta en peregrinaciones bogotanas como Monserrate. Las campañas sumaron millones de impresiones orgánicas: Cepeda lideró con 2.5M interacciones, seguido por Valencia (1.8M) en stories de procesiones.

La movida tuvo cálculo electoral preciso. En un país donde el 87% es católico, Semana Santa ofrece la excusa perfecta para humanizarse: el candidato ya no es el polemista de Twitter, sino el padre de familia devoto que entiende "lo que le duele al pueblo". Las fotos en misa, besando niños o cargando velas buscan romper el hielo con votantes indecisos que desconfían de la política tradicional. Además, las giras por destinos turísticos permiten contactos directos con líderes regionales y testing de mensajes ante públicos relajados.

Sin embargo, no todo fue miel. Algunos recibieron críticas por "oportunismo religioso" (especialmente figuras con historial polémico), y el tráfico masivo complicó algunas agendas. La ausencia de confrontaciones directas permitió que todos marcaran casilleros sin desgastarse, pero también evidenció que la polarización da tregua temporal. Las encuestas post-Semana Santa (preliminares) muestran repuntes leves en favorabilidad para los que lograron conectar emocionalmente.

El saldo: política sin corbata que humanizó candidatos y posicionó temas como familia y espiritualidad para el tramo final de precampaña. Semana Santa demostró que en Colombia, incluso descansando, el electorado observa. Y los candidatos, rezando en público, ya están sembrando para junio.

¿Bala de plata o suicidio político? Lo que significaría una alianza entre Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia

¿Bala de plata o suicidio político? Lo que significaría una alianza entre Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia

Una posible alianza entre Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia sería el movimiento más explosivo del tablero presidencial: Uniría el voto duro de derecha, el uribismo tradicional, el antibloque de gobierno y buena parte del voto “de orden”. La pregunta es si esa unión sería una fórmula ganadora o una bomba de tiempo por egos, estilos y cálculos incompatibles.

Hablar de una alianza entre Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia es, en el fondo, hablar de si la derecha colombiana prefiere seguir dividida o dar un salto arriesgado hacia la unidad. Hoy, cada uno ocupa un espacio claro: Abelardo encarna la derecha sin filtros, confrontacional y emotiva; Paloma representa la tradición uribista institucional, con partido, bancadas y trayectoria legislativa. Juntos podrían consolidar un bloque enorme de electores inconformes con el gobierno y con Iván Cepeda, pero esa suma no es tan simple como pegar dos logos en un afiche.

En términos de votos potenciales, el incentivo es evidente. La intención de voto que hoy se reparte entre ambos podría concentrarse en una sola candidatura con vocación real de ganar en primera vuelta o, al menos, entrar a la segunda con una ventaja sólida. Quienes piden la alianza parten de una lectura sencilla: Si por separado ya compiten por el segundo lugar, unidos tendrían casi asegurada la opción de enfrentar al candidato de gobierno y disputarle con fuerza el balotaje. Ese argumento de “unidad o derrota” pesa en cualquier conversación estratégica.

Pero el problema no es solo matemático, es político y personal. Abelardo ha construido su candidatura precisamente en oposición a lo que llama “derecha acomplejada”: el discurso de que por cuidar la forma se renuncia al fondo. Su marca es la autenticidad brutal, la guerra frontal contra el progresismo y un estilo que no pide disculpas. Paloma, aunque firme en su línea, se mueve en un registro más institucional, con códigos de partido, bancada, negociación y cálculo legislativo. Una alianza obligaría a definir quién manda el relato: ¿la épica incendiaria del “tigre” o el marco programático de la senadora?

El primer gran punto de choque sería el liderazgo. En una alianza así, no hay espacio para dos egos principales. ¿Quién sería el candidato y quién la fórmula? ¿Aceptarían Abelardo o Paloma ocupar la vicepresidencia del otro sin que eso se perciba como derrota? Una fórmula De la Espriella–Paloma enviaría el mensaje de que el “tono” lo pone el primero; una fórmula Paloma–De la Espriella sugeriría que la derecha institucional aún controla el timón. En ambos casos, habría sectores molestos: unos verían claudicación; otros, una radicalización innecesaria.

El segundo punto es programático. Aunque comparten un núcleo duro en temas como crítica al gobierno, escepticismo frente al modelo de justicia transicional y defensa de una agenda de orden, hay matices importantes: relación con el empresariado tradicional, forma de entender la separación de poderes, estilo de relacionarse con los medios, manejo del lenguaje y límites del discurso. Una alianza tendría que responder preguntas incómodas: ¿qué tanto se moderaría Abelardo? ¿Qué tanto se endurecería Paloma? Si ninguno cede, la campaña sería una pelea permanente puertas adentro.

Desde el lado electoral, la alianza tiene beneficios y riesgos.

Beneficios:

  • Concentrar el voto de derecha y reducir el riesgo de que Cepeda pase con un bloque opositor fragmentado.

  • Enviar una señal de “unidad de propósito” que muchos votantes piden hace años.

  • Aprovechar el músculo de partido de Paloma y el arrastre mediático/digital de Abelardo.

Riesgos:

  • Espantar a sectores moderados que aceptarían a Paloma, pero no a Abelardo, o viceversa.

  • Fortalecer la narrativa de la izquierda de que se enfrenta a una “ultraderecha” unificada, facilitando movilización en contra.

  • Convertir la campaña en una guerra de protagonismos que termine desgastando a los dos.

También está el efecto sobre la propia base uribista. Muchos seguidores de Paloma ven en Abelardo un aliado natural, pero otros desconfían de su estilo y su independencia. A la inversa, una parte del público de Abelardo ve a los partidos tradicionales como parte del problema, no de la solución. Una alianza podría, paradójicamente, hacer que algunos votantes se abstengan o migren hacia alternativas más “limpias” de maquinaria o de estridencia, según el caso.

Desde la perspectiva de gobernar, la pregunta es aún más seria: ¿cómo sería un gobierno donde coexistan dos liderazgos fuertes, acostumbrados a mandar, con equipos, entornos y agendas propias? Una alianza hecha solo para ganar puede romperse al primer choque de intereses, dejando al país en manos de un Ejecutivo dividido y un mensaje contradictorio hacia el Congreso, los mercados y la comunidad internacional. Si la derecha decide unirse, tendría que hacerlo sobre un acuerdo programático claro, no solo sobre un pacto de no agresión entre caudillos.

Aun así, el magnetismo de la idea es evidente: una sola candidatura estatal de derecha que lidere las encuestas, enfrente al proyecto de Cepeda y se presente como el “muro de contención” frente a cuatro años más de un modelo que sus votantes rechazan. La clave está en cómo se construye esa unidad: si se hace a puerta cerrada y a punta de cálculos burocráticos, nacerá débil; si se hace de cara al país, con compromisos claros, roles definidos y un mensaje único, podría convertirse en la jugada más fuerte de la campaña.

En resumen, una alianza Abelardo–Paloma podría ser una bala de plata o un disparo en el pie. Todo depende de tres cosas: quién lidera, qué cede cada uno en el programa y si son capaces de demostrar que no se unen solo para ganar una elección, sino para gobernar un país fracturado sin convertirlo en un ring permanente.

Abelardo despega, Paloma se fractura: Lo que revela la última encuesta sobre la derecha y el voto de opinión

Abelardo despega, Paloma se fractura: Lo que revela la última encuesta sobre la derecha y el voto de opinión

En política, pocas cosas pesan tanto como la sensación de rumbo. Hoy, una parte importante del electorado percibe que Abelardo de la Espriella sí sabe para dónde va, mientras que la dupla Paloma Valencia–Juan Daniel Oviedo todavía está tratando de ponerse de acuerdo en qué país quieren construir. Esa diferencia no es solo de estilo; se traduce en cómo crecen, se estancan o se desinflan en las mediciones.

El ascenso de Abelardo no fue inmediato, pero sí constante. Pasó de ser el abogado polémico que muchos conocían por redes y casos mediáticos, a convertirse en un candidato con narrativa consistente: orden, autoridad, castigo a la corrupción y ruptura frontal con el progresismo en el poder. Le habla sin rodeos a un electorado que quiere “mano firme” y mensajes simples. Lejos de matizarse para agradar al centro, reforzó su identidad y eso, le guste a quien le guste, construye un nicho sólido que se refleja en los números.

Del otro lado, Paloma Valencia arrancó como la carta natural del uribismo clásico: Discurso duro, estructura partidista, reconocimiento en la derecha. Pero la entrada de Juan Daniel Oviedo como fórmula la movió de ese lugar cómodo. Oviedo aporta hoja de vida técnica, credibilidad en cifras, empatía con sectores de clase media urbana y cierto aire de “centro razonable”. El problema es que muchas de sus posiciones en temas sensibles (paz, JEP, derechos civiles) chocan con la línea histórica que Paloma ha defendido. En vez de sumar armonía, la dupla abrió una caja de contradicciones.

Las consecuencias se ven puertas adentro: Militantes que se van sin hacer ruido, equipos regionales que miran hacia Abelardo buscando un discurso más alineado con lo que han repetido por años, y líderes de opinión de la derecha que ya hablan abiertamente de “reubicar” sus apoyos. Puertas afuera, se nota en entrevistas donde Paloma y Oviedo responden distinto a la misma pregunta, se corrigen, se pisan las frases o evaden definiciones claras. Para un país cansado de ambigüedades, esa imagen pesa.

La última medición nacional de intención de voto (la que no se puede citar numéricamente, pero cuya lógica general es clara en el debate público) muestra tres tendencias:

  • Iván Cepeda encabezando con un liderazgo cómodo, aunque con techo visible.

  • Abelardo de la Espriella consolidado en un segundo lugar competitivo, con crecimiento respecto a mediciones anteriores.

  • Paloma Valencia estabilizada en un tercer lugar, lejos del desplome, pero sin lograr el salto que su campaña esperaba tras anunciar a Oviedo.

Lo interesante es la curva: Abelardo sube o se mantiene fuerte; Paloma crece poco o se estanca; la suma de los dos supera el bloque oficialista, pero esa fuerza está dividida. En escenarios de segunda vuelta que se discuten en debates y análisis, se repite una constante: Cepeda sería vulnerable frente a una derecha unificada, pero lo que hoy hay es una derecha repartida en dos proyectos que compiten más entre ellos que contra el gobierno.

La incoherencia en la campaña Paloma–Oviedo no es una etiqueta gratuita; se ve en temas concretos. Mientras una parte del binomio se define desde hace años por la crítica fuerte al proceso de paz y a la justicia transicional, la otra intenta matizar, hablar de ajustes, tecnicismos, “evaluar resultados”, sin ir al mismo extremo. El resultado es que nadie está plenamente satisfecho: Los más duros sienten que se diluye el discurso; los moderados temen que, en la práctica, termine mandando la línea más radical.

En contraste, Abelardo no juega a las medias tintas. Puede ser polémico, excesivo o alarmante para muchos, pero su electorado sabe exactamente qué comprar: Un discurso de confrontación, orden y revancha política frente a la izquierda. Eso le permite ocupar un lugar nítido en el tablero, lo que explica por qué cada tropiezo de Paloma se traduce en más visibilidad y más intención de voto para él. A ojos de muchos uribistas de base, él es el que está defendiendo “sin complejos” lo que antes encarnaban líderes que hoy están más moderados o divididos.

¿Está equivocada entonces la jugada de Paloma con Oviedo? Depende de qué se mida. Como apuesta para acercarse a sectores urbanos, jóvenes y tecnocráticos, tiene sentido. Como señal hacia su propia base, fue un disparo en el pie mal explicado y peor gestionado. Si la campaña no logra articular una historia común que responda con claridad a la pregunta “¿qué harían juntos con la paz, la JEP y la justicia?”, el ruido interno seguirá pesando más que las bondades técnicas del exdirector del DANE.

En cambio, la campaña de Abelardo parece tener claro su objetivo inmediato: consolidarse como la cabeza indiscutible del bloque de derecha, obligando a que cualquier jugada de unidad pase por él. En la medida en que encuestas y plazas lo sigan validando como segunda fuerza, tendrá más margen para negociar, polarizar o, incluso, absorber parte del voto que hoy duda entre Paloma y una opción más “pura” ideológicamente.

El mapa que se dibuja hoy no es definitivo, pero sí revelador:

  • Un candidato oficialista fuerte, pero con techo.

  • Una derecha dividida entre un mensaje claro que crece y una fórmula confusa que no despega como esperaba.

  • Un electorado observando no solo lo que dicen en campaña, sino cómo se contradicen o se sostienen cuando los ponen juntos frente a un micrófono.

Si algo enseñan estas semanas es que la coherencia no es un lujo; es un activo electoral. Y hoy, esa moneda la está aprovechando más Abelardo que Paloma.

¿Convicción o conveniencia? Paloma Valencia y su fórmula vicepresidencial

¿Convicción o conveniencia? Paloma Valencia y su fórmula vicepresidencial

Los tres candidatos presidenciales y sus fórmulas dibujan un mapa complejo: detrás de cada “dueto” hay una mezcla de cálculo, marketing y algo de proyecto de país. La pregunta es si esas duplas nacieron para gobernar con coherencia o solo para sumar votos en un país partido en temas como el proceso de paz y la JEP.

En esta campaña presidencial, las fórmulas no son simples acompañantes: son mensajes políticos. Cada candidato escogió una dupla que intenta resolver varios dilemas a la vez: tranquilizar a ciertos sectores, entusiasmar a otros, equilibrar territorio, género, origen social e ideología. Pero no siempre lo que se ve como “equilibrio” hacia afuera se traduce en coherencia hacia adentro; a veces, la mezcla luce más como un matrimonio por conveniencia que como un proyecto de largo aliento.

Entre los tres proyectos presidenciales, se repiten algunos patrones: candidatos que vienen de élites políticas tradicionales, otros que se posicionan como técnicos, y figuras que se venden como “anti-establecimiento” pero que terminan pactando con los mismos de siempre. En varios casos, la fórmula vicepresidencial no es la persona que mejor encarna el programa, sino la que más ayuda a corregir la imagen del candidato: si es visto como “muy radical”, se busca alguien moderado; si es percibido como distante, se elige alguien “popular”; si es muy bogotano, se busca un rostro de región.

El caso de fórmulas con diferencias marcadas en asuntos como el proceso de paz y la JEP es ilustrativo. Cuando un candidato que ha defendido la implementación del acuerdo se asocia con una fórmula que ha mostrado más escepticismo, o viceversa, la campaña intenta venderlo como “pluralismo” y “capacidad de diálogo”. Pero para el votante informado surge la duda: ¿es una síntesis honesta que enriquece la propuesta o es una contradicción diseñada para capturar votos de todos los lados sin decir la verdad completa sobre lo que harían en el gobierno?

Ejemplos como la dupla de Juan Daniel Oviedo y Paloma Valencia lo ponen en blanco y negro: él, con un discurso más tecnocrático y centrista, tratando de ubicarse como puente; ella, con una trayectoria asociada a una derecha fuerte, dura en temas de justicia transicional y crítica de la JEP y del enfoque de paz que ha marcado los últimos años. Esa combinación puede interpretarse como una apuesta por “sumar mundos” o como una señal de que, ya en el poder, el proyecto podría moverse hacia posiciones más duras de las que su discurso moderado sugiere hoy.

Algo similar ocurre con otras fórmulas: candidaturas que se autoproclaman renovadoras pero que llevan como compañeros a figuras ligadas a maquinarias regionales, o proyectos que se presentan como “del cambio” mientras negocian apoyos con casas políticas que llevan décadas en el poder. Cuando se mira la biografía, las votaciones pasadas, las alianzas y los silencios de esos binomios, queda claro que no todos están pensando primero en el país; muchos están pensando en cómo hacer viable su propia aspiración, incluso si eso implica sacrificar coherencia ideológica.

En términos de posibilidades reales en las urnas, las fórmulas también pesan. Una campaña con un discurso claro, un candidato reconocible y una fórmula que refuerza ese mensaje suele conectar mejor con electores cansados de ambigüedades. En cambio, cuando la dupla transmite señales cruzadas —por ejemplo, prometer compromiso pleno con el acuerdo de paz mientras se acompaña de alguien que ha pedido recortar o reinterpretar la JEP— el resultado puede ser confusión y desconfianza. El votante se pregunta: ¿qué están pactando por debajo de la mesa?

¿Fueron acertadas o equivocadas las decisiones de los candidatos al escoger sus fórmulas? Depende del criterio. Si se habla de cálculo electoral, algunas combinaciones son inteligentes: equilibran territorio, hablan a públicos distintos y generan titulares. Si se habla de gobernar un país polarizado, la cosa cambia: duplas ideológicamente fracturadas pueden volverse ingobernables una vez se enfrenten a decisiones concretas sobre paz, justicia, economía o seguridad. Lo que hoy se vende como “diversidad interna” puede ser mañana una pelea permanente en la Casa de Nariño.

Para el país, la clave no está solo en quién es el candidato principal, sino en entender qué representa y qué decidiría de verdad su fórmula vicepresidencial: qué piensa sobre la JEP, sobre el cumplimiento de los acuerdos, sobre la relación con las Fuerzas Armadas, sobre la economía real y el manejo de la protesta social. Una fórmula que solo sirve para sumar votos de encuesta, pero que será silenciada en el poder, es un engaño; una fórmula con poder real pero incompatible ideológicamente con lo que el candidato prometió en campaña, es una bomba de tiempo.

En últimas, el balance de las posibilidades en las urnas pasa por una pregunta sencilla para el votante: ¿esta dupla me convence como equipo de gobierno o solo como estrategia para ganar la foto del 8 de marzo? Quien vea coherencia, consistencia y un proyecto de país compartido, tendrá razones para confiar. Quien perciba contradicciones profundas o un “Frankenstein” armado para agradar a todo el mundo, debería asumir que, si así es la campaña, el gobierno puede terminar igual o peor.

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