Una posible alianza entre Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia sería el movimiento más explosivo del tablero presidencial: Uniría el voto duro de derecha, el uribismo tradicional, el antibloque de gobierno y buena parte del voto “de orden”. La pregunta es si esa unión sería una fórmula ganadora o una bomba de tiempo por egos, estilos y cálculos incompatibles.
Hablar de una alianza entre Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia es, en el fondo, hablar de si la derecha colombiana prefiere seguir dividida o dar un salto arriesgado hacia la unidad. Hoy, cada uno ocupa un espacio claro: Abelardo encarna la derecha sin filtros, confrontacional y emotiva; Paloma representa la tradición uribista institucional, con partido, bancadas y trayectoria legislativa. Juntos podrían consolidar un bloque enorme de electores inconformes con el gobierno y con Iván Cepeda, pero esa suma no es tan simple como pegar dos logos en un afiche.
En términos de votos potenciales, el incentivo es evidente. La intención de voto que hoy se reparte entre ambos podría concentrarse en una sola candidatura con vocación real de ganar en primera vuelta o, al menos, entrar a la segunda con una ventaja sólida. Quienes piden la alianza parten de una lectura sencilla: Si por separado ya compiten por el segundo lugar, unidos tendrían casi asegurada la opción de enfrentar al candidato de gobierno y disputarle con fuerza el balotaje. Ese argumento de “unidad o derrota” pesa en cualquier conversación estratégica.
Pero el problema no es solo matemático, es político y personal. Abelardo ha construido su candidatura precisamente en oposición a lo que llama “derecha acomplejada”: el discurso de que por cuidar la forma se renuncia al fondo. Su marca es la autenticidad brutal, la guerra frontal contra el progresismo y un estilo que no pide disculpas. Paloma, aunque firme en su línea, se mueve en un registro más institucional, con códigos de partido, bancada, negociación y cálculo legislativo. Una alianza obligaría a definir quién manda el relato: ¿la épica incendiaria del “tigre” o el marco programático de la senadora?
El primer gran punto de choque sería el liderazgo. En una alianza así, no hay espacio para dos egos principales. ¿Quién sería el candidato y quién la fórmula? ¿Aceptarían Abelardo o Paloma ocupar la vicepresidencia del otro sin que eso se perciba como derrota? Una fórmula De la Espriella–Paloma enviaría el mensaje de que el “tono” lo pone el primero; una fórmula Paloma–De la Espriella sugeriría que la derecha institucional aún controla el timón. En ambos casos, habría sectores molestos: unos verían claudicación; otros, una radicalización innecesaria.
El segundo punto es programático. Aunque comparten un núcleo duro en temas como crítica al gobierno, escepticismo frente al modelo de justicia transicional y defensa de una agenda de orden, hay matices importantes: relación con el empresariado tradicional, forma de entender la separación de poderes, estilo de relacionarse con los medios, manejo del lenguaje y límites del discurso. Una alianza tendría que responder preguntas incómodas: ¿qué tanto se moderaría Abelardo? ¿Qué tanto se endurecería Paloma? Si ninguno cede, la campaña sería una pelea permanente puertas adentro.
Desde el lado electoral, la alianza tiene beneficios y riesgos.
Beneficios:
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Concentrar el voto de derecha y reducir el riesgo de que Cepeda pase con un bloque opositor fragmentado.
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Enviar una señal de “unidad de propósito” que muchos votantes piden hace años.
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Aprovechar el músculo de partido de Paloma y el arrastre mediático/digital de Abelardo.
Riesgos:
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Espantar a sectores moderados que aceptarían a Paloma, pero no a Abelardo, o viceversa.
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Fortalecer la narrativa de la izquierda de que se enfrenta a una “ultraderecha” unificada, facilitando movilización en contra.
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Convertir la campaña en una guerra de protagonismos que termine desgastando a los dos.
También está el efecto sobre la propia base uribista. Muchos seguidores de Paloma ven en Abelardo un aliado natural, pero otros desconfían de su estilo y su independencia. A la inversa, una parte del público de Abelardo ve a los partidos tradicionales como parte del problema, no de la solución. Una alianza podría, paradójicamente, hacer que algunos votantes se abstengan o migren hacia alternativas más “limpias” de maquinaria o de estridencia, según el caso.
Desde la perspectiva de gobernar, la pregunta es aún más seria: ¿cómo sería un gobierno donde coexistan dos liderazgos fuertes, acostumbrados a mandar, con equipos, entornos y agendas propias? Una alianza hecha solo para ganar puede romperse al primer choque de intereses, dejando al país en manos de un Ejecutivo dividido y un mensaje contradictorio hacia el Congreso, los mercados y la comunidad internacional. Si la derecha decide unirse, tendría que hacerlo sobre un acuerdo programático claro, no solo sobre un pacto de no agresión entre caudillos.
Aun así, el magnetismo de la idea es evidente: una sola candidatura estatal de derecha que lidere las encuestas, enfrente al proyecto de Cepeda y se presente como el “muro de contención” frente a cuatro años más de un modelo que sus votantes rechazan. La clave está en cómo se construye esa unidad: si se hace a puerta cerrada y a punta de cálculos burocráticos, nacerá débil; si se hace de cara al país, con compromisos claros, roles definidos y un mensaje único, podría convertirse en la jugada más fuerte de la campaña.
En resumen, una alianza Abelardo–Paloma podría ser una bala de plata o un disparo en el pie. Todo depende de tres cosas: quién lidera, qué cede cada uno en el programa y si son capaces de demostrar que no se unen solo para ganar una elección, sino para gobernar un país fracturado sin convertirlo en un ring permanente.
